¿Vas en Círculos? Sigue así.
El mito del crecimiento lineal.
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Vamos con el tema de esta semana.
Si me conoces, tal vez ya lo sabes; pero si no, te lo cuento. Odio las platitudes.
Una platitud (del francés plat, ‘plano’) es una frase o comentario trivial, predecible y poco original que se repite con mucha frecuencia. Aunque suele decirse con la intención de sonar profunda, sabia o reconfortante, resulta superficial porque carece de contexto.
Por ejemplo:
La distancia más corta entre dos puntos es una línea recta.
En el contexto de la distancia, esta afirmación es correcta y verdadera. Pero sácala de ese contexto y bienvenido al mundo de las platitudes.
La atracción de lo lineal
No necesitamos un doctorado en neurociencia para saber que uno de los propósitos básicos del cerebro es mantenerte con vida. Para esto, el cerebro usa energía.
Mucha.
Se estima que, a pesar de que el cerebro solo representa el 2 % del peso corporal, consume aproximadamente el 20 % de la energía total de tu cuerpo. De forma que una de las prioridades para el cerebro sea conservar energía.
Nuestro cerebro, tan eficiente, logra esto a través de heurísticas, que no es más que el nombre elegante de una estructura «si... entonces». Si esto, entonces esto.
Una de las heurísticas más comunes se manifiesta en el pensamiento lineal: un proceso de razonamiento lógico y sistemático que aborda los problemas paso a paso, en una secuencia ordenada. Parte de un punto inicial y conecta ideas de forma secuencial hasta llegar a una única conclusión.
Entre sus características principales están:
Secuencial: cada paso depende del anterior y debe completarse antes de seguir.
Analítico: se apoya en datos, hechos y la razón, más que en la intuición.
Convergente: tiende a buscar una sola respuesta ante un problema.
La ventaja es que es rápido, eficaz para tareas rutinarias o matemáticas, y no requiere un gran esfuerzo mental una vez automatizado.
Su eficiencia energética es una de las razones por las que a nuestro cerebro le gustan las platitudes. Por qué parecen lineales. Por qué son eficientes. ¿El problema? Que eficiente y efectivo no es lo mismo.
Una mejor analogía
La mayoría de los empresarios piensa en su crecimiento como una escalera o pirámide. Subes un nivel, lo dejas atrás, subes el siguiente. Luego, si te va bien, llegas a algo más grande. El problema es que los negocios no funcionan así, y las personas tampoco.
Todos vamos evolucionando en una progresión de satisfacción de necesidades, ya sean personales o del negocio, y en ese proceso queremos ir marcando etapas de forma lineal y en progresión.
Uno de los marcos más influyentes en el ámbito de las necesidades humanas es la jerarquía de Abraham Maslow. Sin embargo, gracias a nuestra tendencia por la simplicidad y el pensamiento lineal, el estudio de la satisfacción de las necesidades de Maslow acabó en platitud.
El término más popular hoy en día es: “La Pirámide de Maslow”. Pero, ¿sabías que Maslow nunca propuso una pirámide para representar su estudio o pensamiento sobre las satisfacciones humanas?
La pirámide fue producto de una empresa de consultoría en los años setenta para poder vender el concepto a las empresas como un marco de desarrollo humano y un modelo de entendimiento del consumidor.
Afortunadamente, el psicólogo Scott Barry Kaufman reinterpretó la jerarquía de necesidades con una imagen distinta. No influenciada por el pensamiento simplista y lineal, sino como un reflejo más acertado de la experiencia humana.
La jerarquía de necesidades en el camino a la plenitud no es una pirámide, sino un velero. La seguridad no es un nivel que abandonas al subir, es el casco del barco. Te mantiene a flote mientras navegas.
Piensa en un velero en alta mar.
El casco no es el punto de partida que dejas atrás cuando aprendes a navegar. Es lo que te mantiene a flote mientras navegas. Sin él, te hundes, no importa qué tan grande sea la vela ni qué tan favorable sople el viento.
Lo mismo pasa en tu negocio. La seguridad —tus sistemas, tu equipo, tu estructura financiera, tu capacidad operativa— no es una etapa que superas cuando llegas a cierto nivel de éxito. Es el casco. Y el casco tiene que crecer con el barco.
El error más común que veo en dueños de negocios es ponerle cinco velas a un casco que solo aguanta tres. Más clientes de los que el equipo puede atender. Más proyectos de los que los procesos pueden sostener. Más crecimiento del que la estructura puede absorber. El barco se mueve rápido, hasta que el casco empieza a ceder.
La ambición no es el problema. La ambición sin una base que la sostenga es lo que convierte el crecimiento en fragilidad. Y la fragilidad, en dependencia; porque cuando el sistema no aguanta, siempre hay alguien que lo sostiene con su presencia.
Casi siempre eres tú.
Lo que aprende, crece
Un negocio que aprende entiende esta relación. Para crecer la vela, hay que crecer el casco. Porque la única forma de navegar más lejos es construir un barco que aguante el viaje.
Así que la próxima vez que sientas que estás volviendo al mismo lugar de antes, que estás atrapado cometiendo los mismos errores o rediseñando los mismos procesos, no te desesperes. Tu cerebro lineal te dirá que estás estancado. Pero te miente.
Cuando hay aprendizaje, el círculo se une hacia arriba. No estás caminando en círculos; estás construyendo una espiral ascendente. Estás pasando por el mismo punto, sí, pero con un barco más grande, un casco más fuerte y una perspectiva más alta.
¿Sientes que vas en círculos?
Qué bueno. Sigue así.
Pregunta de la Semana
¿En cuál de las tres partes del barco está realmente tu identidad ahora mismo, no tu negocio, tú?
Próxima Conferencia
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30 de Julio 2026
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