Sentido de Agencia: La lucha definitiva.
Reflexiones sobre el trabajo, la identidad y la reconquista de nuestra propia creación.
Mis primeras experiencias con el trabajo fueron de niño en los años setenta en mi propia casa. Mientras que para la mayoría de mis amigos, el trabajo de sus padres era en fábricas u oficinas, con frecuencia dejándonos en la escuela por la ronda, mi papá tenia una oficina en la planta baja desde dónde trabajaba, mucho antes de que el work from home fuera trendy. Aunque no era lo común, tener la oficina en casa fue una exposición continua al trabajo, una forma más de ver a mi papá, y un cuarto más para las travesuras.
Mi papá empezó a trabajar a los dieciséis años en la constructora de su hermano mayor y, al cabo de algunos años, se independizo con su propia constructora de carreteras y caminos. Me parecía extraño que Doña Calle, una mujer mayor y pequeña, que cocinaba con poca sal y mucho chile, fuera tan celosa de esa oficina. Nunca entraba sin permiso y nunca salía sin cerrar la puerta detrás de ella. Y si alguna vez nos sorprendía tratando de entrar o molestar, nos corría con ademanes y gritos de muchachos canijos.
Hasta de adulto me enteré que Doña Calle había trabajado en las obras como cocinera en los campamentos, y, después de muchos años, con las arrugas marcadas, la espalda jorobaba y las piernas débiles, mi papá le ofreció trabajo, cuidado y techo, en una de las tantas demostraciones de lealtad y cariño que le vi a mi papá durante su vida. La lealtad era mutua.
Para mi, el mundo del trabajo era aburrido. Como muchos niños, lo que entendía era que su trabajo involucraba hacer cuentas, junto con su secretario, escribir, firmar muchos cheques y hacer cuentas en una maquina de botones de colores que escupía un pedazo de papel lleno de sumas con números que aun no sabía contar.
Una de las primeras veces que jugamos con esa máquina fue en un viaje de mi papá cuándo por olvido, o accidente, dejó la oficina abierta. Mi hermano y yo, que siempre estábamos juntos, nos metimos a escondidas a picarle a la maquina, no al mismo tiempo, ya que alguien siempre vigilaba la puerta por si aparecía Doña Calle.
La oficina era fascinante y misteriosa, una maquina del tiempo, no al pasado sino al futuro, una puerta al mundo de los adultos, a dónde no se permite entrar más que por excepción o necesidad. Un mundo reservado sólo para los que llegan a cierta edad. Un mundo lleno de responsabilidades con olor a cuero, papel, tabaco, promesas y decepciones.
En la ingenuidad de la niñez piensas que el trabajo es algo sin consecuencia que se hace porqué es lo que toca hacer, como a los niños les toca hacer la tarea, ir a la escuela, estudiar, obedecer a sus padres y portarse bien. Es simplemente lo que toca.
¿Qué vas a hacer cuándo seas grande? Es una de las preguntas más típicas en la niñez, pero no con la profundidad filosófica o existencial con la que suena. Qué vas a ser cuando seas grande significa en que vas a trabajar, como te vas a ganar la vida, y en dónde vas a hacer el dinero que necesitas para mantenerte a ti, y posiblemente, a tu familia.
Irónicamente, lo que haces es en quien acabas siendo si no tienes cuidado. Porque en el hacer está el ser. De manera que lo que empieza como un pregunta típica e inocente acaba en un viaje de identidad, realización, y trascendencia, muchas veces por accidente y no por intención.
La relación con el trabajo para muchos no es placentera. En un contexto cultural y religioso en dónde el castigo y la pena divina es ganarse el pan con el sudor de la frente, no es extraño que nuestra relación con el trabajo sea desde una perspectiva de premio y castigo, y desde la dicotomía de culpa y placer.
La historia empieza en el jardín del edén, en dónde todo es mágico y placentero. En dónde no hay necesidad de esforzarse para nada y, al mover solo una mano, las mejores frutas están disponibles para nuestro propio asedio. En este paraíso, el esfuerzo no es recompensa, es castigo. Y de ahí, poco poco, las narrativas se vuelven más que historias. Se vuelven identidad.
De ahí heredamos esa tradición que se perpetuó en el trabajo como castigo. En el esfuerzo y el mérito no como uno de los tantos estados del humano, sino como la pena eterna por desobedientes. Si la fortuna te sonríe y caes en ese paraíso, el único precio es tu autonomía, tu curiosidad y perder la posibilidad de equivocarte y aprender de tus propios errores. Y si bien dicen que el que obedece nunca se equivoca, lo que no te dicen es que el que siempre obedece nunca cuestiona, experimenta, prueba y por lo tanto, nunca aprende.
Entonces, sin malas intenciones, pero si con consecuencias, heredamos una visión del esfuerzo y el trabajo como algo sucio; como el sudor de nuestra frente. Algo a evitar y no a festejar. Y sin darnos cuenta, esta narrativa, aprendida con la sofisticación mental de un niño de seis años, se vuelve permanente e incuestionable para el adulto, que después de llegar a los dieciocho se tiene que declarar como tal con las obligaciones y los castigos que le tocan, no por gusto propio, sino por deber.
El mismo deber que en un contexto familiar le imponemos a los hijos. El trabajo como obligación. El trabajo como una relación costo-beneficio donde sólo el intercambio proporcional es justificado. No existe el trabajo por el trabajo y el esfuerzo por el esfuerzo mismo. Sólo existen a medida que producen un resultado, en percepción, más o menos proporcional al esfuerzo invertido. Un intento de ecuación matemática que en realidad es una perspectiva subjetiva o construida por las normas o convenciones culturales que rigen el momento.
Y de ahí salieron los “trabajos de verdad”. Es más trabajo el del abogado que el del artista. Es más trabajo el del médico que el del plomero, el del ingeniero que el del psicólogo. Es más trabajo el del jefe que el del subordinado. Y así, regidos por la arbitraria escala de valores, la inversión de nuestro tiempo en algo que requiere esfuerzo solo se mide por el valor que produce para los demás en un contexto social dónde los que dictan que es valioso, son los que, irónicamente, por esfuerzo propio han llegado a producir algo.
Pero confundimos el fondo con la forma. Confundimos el éxito de los grandes médicos, ingenieros, abogados o emprendedores, con el medio o la profesión en la que buscaron ejercer su esfuerzo. Por eso las familias de médicos se perpetúan, sobre todo si hubo un médico exitoso en el abuelo o el tatarabuelo.
Pero no es la profesión la que dicta. Por cada médico exitoso existen por lo menos cien que no lo fueron. Igualmente para los abogados o los emprendedores o los deportistas. El problema es que no los vemos. Solo vemos los que han sido así y por eso pensamos que el medio es el importante.
Pero nada está más lejos de la realidad. Pensar así asumiría que conforme desparecen las profesiones, desaparece lo que las hizo emerger en un principio: la persona. Y lo que nunca analizamos es que el hilo común de cada una de estas historias no es la profesión, es la persona. Es lo que cada quien hizo dentro de sus propias circunstancias para llegar a donde llego.
Y sí, el éxito nunca está garantizado. Existe una combinación de factores que se pueden dar para que unos lleguen y otros no; suerte, casualidades, condiciones económicas, miles de cosas que suponemos que tienen una relación y una causa, menos la principal y única cosa en común para todos los casos. El esfuerzo y convicción de una persona. Que no es garantía de nada, pero sin eso, nada es posible.
Entonces, en nuestra pelea en contra del esfuerzo, del sudor de la frente, de los cuestionamientos, de la curiosidad y del aprendizaje y crecimiento, perdemos la batalla más existencial que puede perder un ser humano: perder su sentido de agencia.
Y poco a poco, por cansancio, por hartazgo, o por cinismo, nos volvemos víctimas de las circunstancias, títeres de la sociedad o maquinas del sistema productivo y capitalista en el que vivimos. Olvidamos que los negocios son difíciles, sí, pero son nuestros; que el poder de crear, transformar y dictar los términos de nuestra propia vida no se dan solos; se reclaman y se protegen a diario. Y si es necesario, se arrebatan.
La Pregunta de la Semana
Pensando en las concesiones que le has hecho al negocio durante los últimos dos años. ¿En cuál de ellas te gustaría recuperar tu sentido de agencia? ¿Qué sería diferente cuando lo hagas?
Próxima Conferencia
Ownership: Seguridad, crecimiento, y trascendencia.
Un marco para diseñar un negocio que te sirva hoy y en el futuro.
30 de Julio 2026
5:00pm (Hora de México)
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Pato, me gustó mucho cómo usas el “sentido de agencia”. Me dejó pensando que no se trata solamente de esforzarnos, sino de sentir que nuestras decisiones realmente tienen consecuencias y transforman algo. Quizá la lucha definitiva sea justo esa: recuperar la conexión entre lo que queremos, lo que hacemos y lo que somos capaces de cambiar.