Hace muchos años, esta frase, que escribí en una cartulina y pegué en la puerta de mi casa, describía mi primer negocio.
Todo empezó por arreglar las series de mi casa. Después, las amigas de mi mamá se enteraron de que yo arreglé las series de la casa. Y así, con un regulador viejo que corté y pegué para probar los focos y un voltímetro para medir la corriente, empecé a arreglar series navideñas. Era algo divertido que me ayudaba a pasar el tiempo y a entretenerme. En términos actuales, era un hobby monetizado.
Hoy este servicio parece imposible, pero en los ochenta, junto con el nacimiento y las esferas, las series de Navidad se enrollaban y se guardaban para reutilizarlas cada año. Irónicamente, el proceso de enrollarlas era lo que, muchas veces, las dejaba inservibles para el año entrante.
Pero con los años, llegaron las series de China y los precios bajaron. Comprar una serie costaba lo mismo que arreglarla, y aunque había algunos dispuestos a arreglarla, era difícil cobrar por mi tiempo cuando, por un precio similar, alguien podía llevarse una serie nueva, sellando así el destino de mi primer negocio.
Y siendo honestos, la idea era terrible. Un servicio estacional, de bajo precio, que depende directamente de mi mano de obra, con poca capacidad de distribución y sin posibilidad de escalar. Para muchos inversionistas, estas condiciones no tienen justificación. Para mí, a esa edad, la justificación cabía en dos palabras: mi bicicleta.
Con los años aprendemos que un simple “me gusta”, “me divierte” o “quiero algo” no es un lenguaje aceptable ni sofisticado en el mundo de los negocios. Hablamos de oportunidades, segmentos de mercado, tendencias de consumo y modelos de negocio. Y con mucho sentido, porque nadie quiere poner en riesgo sus ahorros, contratar empleados o asumir compromisos sin antes hacer la tarea.
Aun así, después de escuchar durante años las historias de dueños, me sorprende la frecuencia con la que los inicios se parecen al mío. Alguien abre un restaurante porque le gusta cocinar o reunir a la gente alrededor de una mesa. Otra persona busca una solución que no encuentra y acaba por crearla. A unos les gusta construir, enseñar, competir, descubrir una forma mejor de hacer las cosas, y a otros, ganar dinero, dejar un trabajo, o hacer algo que todos dicen que no se puede hacer.
Pero detrás de esa ambición, abierta u oculta, está el trabajo de convertir ese impulso en un negocio. El restaurante necesita clientes, proveedores, horarios, permisos y empleados. Lo que comenzó con el gusto por la comida debe convertirse en conocimiento, procesos y rutinas para que ese trabajo diario sea un éxito.
Pero con el éxito llegan los empleados esperando la nómina, los clientes acostumbrados a que tú los atiendas y los gastos que vuelven cada mes, sin importar cómo te sientas esa mañana. Poco a poco, las decisiones que hicieron posible el negocio se convierten en su dirección. Aprendemos a proteger lo que funciona y terminamos trabajando para sostenerlo.
Tal vez quien abrió el restaurante descubrió que le interesa mucho más formar cocineros que preparar cada platillo o encontró un gusto por las operaciones y quiere abrir más locales. También puede pasar que lleve años construyendo una empresa, lo que le deja cada vez menos tiempo para sentarse a comer con las personas por las que la empezó.
Cada etapa exige renuncias, proyectos que ya no podemos aceptar, intereses que quedan fuera del calendario y versiones de nuestra vida que se vuelven menos probables. A veces renunciamos a ello con plena conciencia porque lo que estamos construyendo ahora nos importa más. Otras veces, muchos años después, encontramos una explicación para una trayectoria que nunca elegimos. Sabemos qué sacrificios fueron necesarios aunque nos cuesta más recordar qué esperábamos que todo ese esfuerzo hiciera posible.
Yo sabía que reparaba series navideñas para comprar mi bicicleta, y aunque ya no necesito seguir queriéndola, sí necesito reconocer el momento en que dejé de quererla, aquello que elegí en su lugar y lo que fui dejando en el camino. Si alguna vez pierdo esa capacidad, los números podrán decirme que mi negocio avanza, pero tendré que aceptar que ya no sé hacia dónde me lleva.
Por eso pienso en aquella bicicleta que nunca compré. Pero también la pude haber comprado, haber querido otra cosa antes de reunir el dinero o haber descubierto, mientras trabajaba, que me importaba más aprender a arreglar cosas que la bicicleta.
El problema no está en cambiar de objetivo sino en la facilidad con la que un negocio puede cambiarlo por nosotros mientras estamos ocupados haciéndolo funcionar.
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