Hace unas semanas escribí sobre cómo usamos el pragmatismo detrás de la frase “hacia allá van las cosas” para evitar enfrentar una situación incómoda o algo que no queremos confrontar. Compartí que esa justificación, a simple vista, parecía una postura responsable, pero en realidad podría ocultar nuestra pasividad ante las cosas con las que no estamos muy de acuerdo.
El comportamiento, sin embargo, es solo un síntoma. Así que hoy quiero poner sobre la mesa no las circunstancias, sino el mecanismo que las interpreta: nuestras creencias.
Una creencia es una actitud mental que consiste en considerar un hecho, una idea o una teoría como verdadero, independientemente de que cuente o no con la evidencia que la respalde. Por lo tanto, una creencia es, con frecuencia, algo en lo que se confía, sin necesidad de saber que es cierto. Puede ser una conjetura, una convicción o una opinión.
Los humanos tenemos creencias de todo tipo, que se expresan en proposiciones, es decir, enunciados que afirman o niegan algo. Además, estas determinan la forma en que percibimos el mundo y la realidad, y cómo interpretamos las relaciones lógicas, como la de causa-consecuencia. No todas las creencias son necesariamente falsas, pero se diferencian del conocimiento objetivo y/o científico por ser subjetivas y no estar comprobadas.
El peligro surge cuando las creencias que un día adoptamos para sobrevivir se convierten, con el tiempo, en verdades absolutas.
Cuando iniciamos un proyecto, necesitamos certezas para avanzar. Creamos un sistema de reglas operativas basado en lo que nos da resultados. Al principio, esas ideas nos funcionan ya que nos traen los primeros clientes y nos ayudan a construir lo que hoy tenemos.
Pero cuando una creencia nos da resultados, la elevamos inconscientemente al rango de una ley de la física, la dejamos de ver como una opción del pasado, y la convertimos en una verdad absoluta para el futuro. Nos convencemos de que esa es la única manera en que las cosas pueden funcionar.
Ahí es donde se nos cierra la trampa.
El negocio cambia, el mercado se mueve y nuestro rol adquiere una nueva naturaleza, pero seguimos operando con las mismas creencias. Cuando me enfrento a un reto que no puedo superar, mi primera reacción puede ser culpar a las circunstancias o buscar una nueva herramienta. Cuesta trabajo ver cómo nos atoramos al usar nuestras certezas del pasado para proteger nuestras decisiones de hoy. Prefiero defender mi vieja interpretación de la realidad antes que asumir la angustia de cambiar de criterio.
Muchas de nuestras creencias tienen fecha de caducidad. Las mismas convicciones que nos dieron el impulso para llegar adonde estamos hoy pueden, con el paso del tiempo, convertirse en lo que nos impide pasar a la siguiente etapa.
Madurar un negocio bajo la lógica del Ownership es tener la valentía de cuestionar nuestros propios criterios y aceptar que algunas de las ideas que nos hicieron exitosos ayer hoy nos impiden crecer.
Ejercicio de la semana
Esta semana voy a trabajar en esto y te invito a unirte. Apaga el ruido de la operación por un momento y haz lo mismo. No busques la respuesta rápida que deje tranquila a tu mente, sino la que la incomode.
¿Qué creencias te ayudaron a llegar a donde estás hoy?
¿Cuáles de ellas siguen abriéndote puertas?
¿Cuáles podrían estar cerrándolas?
¿En dónde estás siendo demasiado conservador? (Where are you playing it safe?)
Recursos en Ownership Institute
Ownership Compass™
Tu negocio puede funcionar, pero no para ti. Descubre dónde te está limitando y qué necesitas atender primero.


