Uno de los retos para un dueño de negocios en este mundo, donde la tecnología impulsa un cambio constante, es mantenerse al día en la forma de hacer las cosas para que el negocio siga siendo rentable o exitoso. El marketing y la publicidad, lejos de ser la excepción, son de las industrias que más cambios han experimentado en los últimos años a raíz de los avances en las tecnologías de la comunicación.
Y en un esfuerzo por estar al día, terminé hace poco un programa para mejorar la forma en que utilizo el video para contar la historia de mi negocio. El programa, llamado “Tell your story, grow your business”, que enseña un buen amigo y gran cineasta, Marcelo Bukin, parte de la premisa de que el humano no compra productos, sino historias, y que, mientras más genuinas las historias, más profunda la conexión.
El programa no es uno de esos cursos superficiales, llenos de fórmulas y clichés, sino que combina conceptos de branding, estrategia de negocios, exploración personal, aspectos técnicos del desarrollo de contenidos y, por supuesto, la grabación de videos. Aprendí a darle mejor estructura a mis mensajes, a mantener un paso y un enfoque, y a hablarle a una cámara sin correr ni tragarme palabras ni comerme sílabas, que, si me conoces, sabes que es lo que tiendo a hacer. No terminé el programa como actor de Hollywood, pero digamos que avancé muchísimo.
Pero hay un pequeño detalle. Odio grabarme a mí mismo. Literal, lo odio. No lo puedo evitar. Es un sentimiento visceral. Y, sin embargo, lo hice. ¿Por qué? Porque me dije: “Hacia allá van las cosas”.
Suena como una decisión responsable. ¿No? Por supuesto que todo se dirige hacia allá y que no participar no es una opción. Sin embargo, esta frase oculta un mecanismo que parece una dirección, pero en realidad es una sumisión.
Implícita en la frase “hacia allá van las cosas” está la idea de que, al no seguir las cosas, corremos el riesgo de quedarnos atrás. Pero esa frase no cuestiona si vale la pena seguir esa dirección, solo plantea si quieres quedarte atrás. Y la sensación de quedarse atrás es uno de los mecanismos más manipulados en el mundo de las redes sociales en el que hoy vivimos.
Nadie tiene que decirte qué hacer. Solo basta con insinuar o dejar que imagines que desapareces para que te adaptes, te subas a bordo y des la cara. Aprendemos rápidamente el lenguaje y los comportamientos que nos ayudan a participar. Postear, twittear y subir a las redes se convierten no solo en acciones, sino también en verbos, en un lenguaje e identidad de tu grupo social. Empiezas a participar y a ser parte de las cosas no porque creas en lo que haces, sino porque no hacerlo se siente como una negligencia profesional. O peor aún, como una irresponsabilidad.
Al principio te dices que te estás manteniendo al día y que estás observando cómo van las cosas. Pero con el tiempo, empiezas a tomar decisiones basadas en lo que te mantiene visible, sin importar si lo respetas. Quieres lograr algo viral y empiezas a confundir la presencia con la autenticidad. Ninguna de estas consecuencias era nuestra intención, así que cuando nos damos cuenta de ellas nos justificamos diciendo que no lo hacemos de mala fe.
Irónicamente, eso es precisamente lo que estamos haciendo.
El concepto de la mala fe (mauvaise foi) en el existencialismo sartreano es, precisamente, el acto de autoengañarse para huir de la angustia de la libertad absoluta. Para Sartre, somos radicalmente libres y responsables de lo que hacemos con nuestras vidas. Cuando una persona dice “no tengo otra opción” o “tengo que actuar de esta manera por pragmatismo”, incurre en mala fe y adopta un rol predeterminado para no asumir la responsabilidad de sus actos.
El ser humano se esconde detrás de las circunstancias, de las normas sociales o de lo que resulta práctico para fingir que carece de opciones. Es un mecanismo de defensa psicológico frente al peso de la responsabilidad y todos somos víctimas de él.
Me quiero pasar de listo llamando experimento a mi incursión en el mundo del video y de las redes sociales, ya que es un enfoque que deja las puertas abiertas, pues implica curiosidad, opciones y disposición para aprender. El objetivo de un experimento es el descubrimiento y suele partir de la premisa de que cualquier resultado es aceptable. Pero, para ser sincero, sospecho que ya sé cómo puede terminar.
Es relativamente fácil seguir el proceso, aplicar las técnicas y ser constante. Lo que no es tan fácil de descubrir es dónde está mi propia convicción. Hay una diferencia entre aprender a usar una herramienta y someterse a un medio y creo que eso es lo que me inquieta. No es solo que me sienta incómodo ante la cámara. Es que la actividad me exige adaptarme sin responder primero a la pregunta: ¿Para quién es esto realmente? Porque nunca dije que esto encajara con la forma en que quiero construir; dije: hacia allá van las cosas. Lo primero es una declaración de intenciones; lo segundo, una concesión disfrazada de pragmatismo.
El problema no es solo de las redes sociales. Esta lógica se repite con mucha frecuencia en la gestión del ownership en todo tipo de negocios y áreas. No abandonas tus valores, creencias, convicciones o principios de golpe, sino que los modificas poco a poco, a menudo de manera imperceptible y bajo la bandera de la supervivencia, la madurez, la responsabilidad o el pragmatismo. Dejas de preguntarte qué quieres construir y empiezas a preguntarte qué es necesario para seguir siendo relevante.
En esto me estoy fijando ahora. No en si me siento más cómodo frente a la cámara, o si el vídeo funciona, o si se hace viral, o si mi participación da resultados. Sino, ¿con qué frecuencia estoy dispuesto a aceptar un rumbo sin decidir primero si merece mi consentimiento?
Aún no he llegado a una conclusión. Tal vez sí sea un experimento después de todo, aunque no el que pensaba originalmente. Por lo pronto solo sé que calificar algo como un experimento no implica que realmente lo sea. A veces, simplemente facilita justificarlo. Después de todo, ¿no es hacia allá adonde van las cosas?
Pregunta de la semana
Pensando en las últimas tres decisiones importantes que tomaste o en los proyectos que has iniciado, ¿cuántas y cuáles han sido, en realidad, decisiones conscientes y personales, y cuáles se sienten como producto de la inercia del negocio?
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