El Negocio Propio: ¿Ser o Hacer?
La pregunta que sólo tú puedes contestar.
Dicen que el Excel aguanta todo; así fue, en parte, como me convencí de que era simplemente un negocio como cualquier otro, incluso mejor. Era un servicio muy original y, con pitch, muy sencillo: te ayudamos a reducir tus gastos o no te cobramos. Cerrado, pensé yo. ¿A quién no le gusta ahorrar dinero y más si no te cobran a menos que te ahorren?
Para ese entonces, yo seguía trabajando para el NeuroLeadership Institute y, aunque estaba cómodo con mi trabajo y me gustaba lo que hacía, pensaba que este sería mi camino hacia la independencia financiera, algo en lo que he estado trabajando y buscando desde hace tiempo. Y así, con mis proyecciones financieras sólidas y mis números bien amarrados, me decidí a invertir en una franquicia que ayuda a pequeñas y medianas empresas a ahorrar dinero en algunos de sus gastos operativos más comunes.
Encontrar el negocio “adecuado” fue un proceso largo y, en ciertos momentos, tedioso. Durante el proceso, estuve a punto de cerrar una primera opción para un negocio de colocación de ejecutivos que se sentía mucho más alineado con mi experiencia y mi carrera, pero se cayó en el último momento, incluso con un acuerdo verbal. Lo único que faltaba era que me mandaran el primer borrador del contrato. Ese día nunca llegó y, después de todo lo que pasó, tal vez era una señal.
Tras el problema con la primera opción, seguí unos meses en la búsqueda, aunque nada me convencía. Pero poco a poco, por desesperación o por necesidad, empecé a considerar opciones que, de entrada, no me emocionaban ni me resultaban interesantes. Y mientras más opciones veía y más hablaba con franquiciadores y franquiciatarios, más me convencía de que realmente no necesitaba sentir ninguna pasión ni gusto particular por el servicio; decidí, en una especie de parafraseo y jujitsu mental, que no era necesario el gusto, que tan solo necesitaba ser disciplinado y seguir el sistema.
Observaba a otros franquiciados describir el trabajo con soltura, incluso con alegría. Algunos decían que era lo más divertido que habían hecho en el mundo de los negocios. Eso no hacía más que ampliar la brecha entre lo que sentía y lo que creía que debía sentir.
La historia que me conté es típica y, poco a poco, la normalicé después de escuchar tantas voces que repetían lo mismo: “Esto es solo un medio para un fin. No necesito que me apasione, solo necesito comprometerme”. Sobre el papel, o más bien sobre el Excel, parecía una decisión inteligente, lógica y con buen sentido financiero. Incluso lo comenté con varios amigos y colegas, quienes me animaron sin encontrar ninguna objeción a mi lógica ni incongruencia en mis números.
Lo que no me di cuenta es que no buscaba la verdad ni una opinión sincera. No les exponía mi lógica empresarial para un debate real y un feedback honesto que la pusiera a prueba. Se las estaba platicando para ensayarla, pensando que si me lo repetía lo suficiente, de alguna forma empezaría a creerlo.
Sentía que, de cierta manera, estaba validando la decisión porque, si todos decían que sí, entonces mi idea no podría ser tan mala o, por lo menos, sería una idea con mucha lógica. Pero en realidad estaba evitando asumir la decisión por completo. Ahora, al mirar atrás, lo veo más claro: no estaba validando la idea, sino huyendo de la responsabilidad. No planeaba culparlos, sino evitar culparme a mí mismo.
Me tomó tiempo admitir que las señales estuvieron ahí desde el principio. Cada vez que pensaba en el servicio, no sentía entusiasmo, emoción ni ganas de investigar ni de hacer más preguntas. No sentía ninguna curiosidad; una de las señales que, con el tiempo, aprendí que es lo que más me mueve. Recuerdo pensar, y de hecho decir en voz alta, a quién ca….jos le puede importar esto.
Y, aun así, le quité importancia. Me dije a mí mismo que le agarraría el gusto; que, una vez que aprendiera los detalles, todo encajaría. Al fin y al cabo, había empezado otros trabajos que no me apasionaban de inmediato, pero que acabaron por gustarme. ¿Por qué este iba a ser diferente?
Y así, firmé el contrato para arrancar el negocio de la franquicia de ahorro de gastos para empresas pequeñas y medianas.
Empecé con mucha disciplina, incluyendo los cinco días de onboarding vía Zoom, que, para evitar conflictos con mi trabajo actual, tomé como vacaciones. Ocho horas al día sentado frente a mi laptop, escuchando los detalles de las distintas categorías de servicios que ofrecía el negocio, como telefonía celular, manejo de desechos tóxicos, electricidad y combustibles, servicios de tarjetas de crédito y sistema de cobro.
Incorporé mi empresa de responsabilidad limitada, abrí una cuenta bancaria, contraté una línea telefónica, un servicio de dirección de correo electrónico, materiales de promoción y papelería, y promocioné el negocio en LinkedIn y otras plataformas. Inclusive, empecé a recibir algunas llamadas de prospectos y candidatos para mis servicios, aunque el tiempo que les dedicaba no era mucho, ya que todavía trabajaba para NeuroLeadership Institute.
Entonces llegó la cuarta serie de despidos en el instituto y me quedé sin trabajo. De repente, tuve tiempo para dedicar más al negocio y asistir a la convención anual de la franquicia: un evento de cinco días lleno de historias de éxito, sesiones temáticas y buenas prácticas con el objetivo de motivar a los propietarios y reforzar su compromiso con el negocio.
La convención me dio la oportunidad de contrastar algo que, sin saberlo en el momento en que me apunté, se convertiría en el principio del fin. Había personas genuinamente entusiasmadas con el trabajo, mientras que otras lo trataban como un empleo más, lo cual parecía perfectamente razonable. Pero me di cuenta de que, en el día a día, iba a tener que dedicarme a temas que no me interesaban en absoluto. Cada conversación sobre estrategia de ventas, elaboración de contratos y propuestas, cobranza o funcionamiento de cada una de las categorías me provocaba, sin falta, la misma reacción: ¿y a quién le interesa? Claro, mi lenguaje era un poco más colorido, mucho más, pero no porque estuviera enojado con ellos, sino conmigo.
A mitad de la convención, no me quedó más opción que levantarme un par de horas antes del inicio de las sesiones, agarrar mi libreta, preparar un café, de ese viejo y sin aroma que te ponen en los cuartos de hotel, y darme un espacio para escribir y pensar. Y más que pensar, para cuestionarme, de la forma más honesta posible, la serie de imperfectos, decisiones y coco wash que me habían llevado a estar sentado al amanecer en el balcón de un hotel en Kingston, pagando miles de pesos por una cama incómoda, un café mediocre y una experiencia de trabajo que no me emocionaba en absoluto.
¿Cómo acabé en esto? ¿Por qué otros están tan emocionados de pertenecer? ¿Por qué no puedo simplemente tratar esto como un trabajo? ¿Por qué no puedo limitarme a cobrar los cheques? ¿Y si lo hago por cinco años y luego lo vendo? ¿Y si no tiene éxito? Y todavía peor, ¿y si lo tiene? Y después de la pregunta número veinte y la cincuentava racionalización de que no soy mi trabajo, salió la pregunta más relevante: ¿Y si sí?
¿Y si, por lo menos en parte, somos nuestro trabajo? A mi mente le parecía imposible que dedicar entre 8 y 10 horas diarias no te moldeara. Me pareció imposible separar tanto tiempo de mi vida en una categoría distinta de mi yo. ¿Y si en hacer está el ser? ¿O de qué otra manera se es sin hacer? Y tras un suspiro profundo, llegó mi respuesta y, en ese instante, asumí esta convicción: en el hacer está el ser.
Ya había invertido miles de dólares en la franquicia, pero aquella mañana tomé la decisión de retirarme, antes de invertir diez años de mi vida en algo que no me importaba y no me ayudaba a ser quien yo quería ser.
Me llevó tiempo hacer las paces con la pérdida económica, pero mi madre solía decir: "Que el dinero te sirva a ti y no tú al dinero”. En mi traducción, el dinero es barato; el tiempo, no. Nos gusta pensar que los negocios se tratan de lo que construimos. Pero olvidamos algo: ellos también nos construyen. Cada negocio es una transacción, no solo de dinero, sino también de tiempo, energía y esencia personal. Todo lo que construyes también está construyendo algo en ti.
El precio no se paga solo con dinero; también con tu persona. Con tu ser.
Preguntas de la Semana
¿Con qué frecuencia separas lo que haces de quién eres? ¿Te resulta útil la distinción o te genera ruido? ¿Qué partes de lo que haces no te cuadran con quien eres o quisieras ser?
Continúa la conversación
Este ensayo forma parte del trabajo del Ownership Institute.
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