Delegar, proceso mediante el cual una persona con autoridad transfiere la responsabilidad y el poder de decisión a otra persona, es una de las habilidades necesarias para la efectividad de jefes, dueños, directivos o cualquier persona responsable no de hacer, sino de que otros hagan.
De hecho, o más bien, de observación, porque no tengo estadísticas, aunque lo escucho a diario, “tienes que delegar más” es uno de los consejos que se dan con mayor frecuencia a los dueños de negocios que buscan crear un poco de autonomía e independencia, o liberar un poco de tiempo para enfocarse en otras cosas más importantes.
Pero si suena tan sencillo, ¿por qué el tema de la falta de delegación es tan complejo y recurrente en todos los niveles de un negocio?
El problema de delegar de manera efectiva se debe a dos dimensiones. La mayoría reconoce la primera como una habilidad de liderazgo que puede enseñarse de forma mecánica. Es una transferencia de tareas y responsabilidades, y aunque esto ya de entrada presenta problemas en su concepción, que veremos más adelante, hay una segunda dimensión que tendemos a ignorar.
¿Recuerdas cuándo, a lo mejor ya hace tiempo, la mayoría de las decisiones pasaban por tu escritorio? Esa rutina, necesaria en un principio, poco a poco fue creando un hábito y, con el tiempo, una identidad. Cada decisión que pasaba por tus manos confirmaba, consciente o inconscientemente, tu valor para el negocio. Poco a poco sentiste que eras indispensable para los demás, para tu equipo, para tus clientes. Y cuando los demás se detenían a esperar tu opinión, eso validaba tu experiencia.
En psicología hay un concepto llamado fusión de identidad, que ocurre cuando tu valor como persona se amarra tanto a tu rol dentro de una estructura que las fronteras entre el "Yo" y la estructura que la produce se borran por completo. Los negocios no son la excepción; al contrario, con frecuencia es donde más se manifiesta este fenómeno. Hace poco me enteré del caso de un dueño de negocio que cayó en una depresión severa porque su socio le iba a comprar su parte de la empresa. Después de treinta años, no sabía identificarse más que como dueño y empresario.
El deseo de sentir que valemos algo es completamente normal. El problema es que, con el tiempo, lo que nos hace sentir valiosos empieza a limitarnos. Cada decisión, opinión o involucramiento nos come el tiempo y terminamos resintiendo al negocio que tanto nos necesitaba. Para cuando nos damos cuenta, no solo estamos creando un sistema que atrapa, sino que también estamos formando una identidad bajo él.
Dejar que el negocio camine por sí solo implica renunciar a lo que lentamente nos atrapa, aunque eso mismo sea lo que hoy te hace ser tú.
Preguntas de la Semana
¿En qué decisiones, situaciones o pláticas me meto una y otra vez?
¿Qué tendría que pasar para que esto funcione sin mí?
¿Qué parte del negocio está diseñada en torno a mi identidad?
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