Dicen que el contraste es lo que le da vida al cuadro. Y para contrastes, tengo la fortuna, o la desdicha, dependiendo de cómo lo veas, de operar en Estados Unidos y en México; dos países que no podrían ser más opuestos en su filosofía y en su enfoque del sistema tributario. En los más de 15 años que llevo entre dos tierras, los que “no dejan aire que respirar”, por mucho, son los del SAT en México.
El SAT publica la Resolución Miscelánea Fiscal (RMF) al inicio de cada año fiscal. Sin embargo, a lo largo del año, emite varias modificaciones que cambian las reglas operativas, los anexos técnicos y las prórrogas sobre la marcha. Solo en 2024 y 2025, la autoridad fiscal publicó entre 5 y 6 resoluciones de modificación completa cada año. Esto significa que el marco contable en México cambia, en promedio, cada 60 días.
Después de ver el contraste entre los sistemas, no culpo a ningún mexicano que haya dicho en algún momento: “Eso déjaselo al contador, yo estoy para operar y vender”. Bajo estas condiciones, es normal que pensemos en la contabilidad como un mal necesario. Sí, un trámite burocrático, técnico y profundamente aburrido diseñado para mantener informado al SAT. Usando esta lógica, la contabilidad es una tarea administrativa que puede delegarse por completo en un tercero, de modo que el dueño no pierda tiempo ni en el proceso ni en los detalles.
Y es verdad, un dueño no tiene por qué pasar sus tardes arrastrando el lápiz en una póliza de egresos o conciliando manualmente las facturas con el estado de cuenta. El registro de todos esos detalles es, efectivamente, una labor técnica que requiere un especialista. Delegarlo no solo es correcto, sino también indispensable para que un negocio pueda crecer. Pero vale la pena preguntarnos si, detrás de ese acto de delegación, estamos entregando más que el proceso.
Para responder a esta pregunta cabe una distinción importante. La contabilidad existe, al menos, en dos dimensiones: una como registro y otra como rendición de cuentas. Llevar las cuentas organiza los hechos del pasado y responde a la pregunta: ¿Qué ocurrió? Ese es el terreno del contador. Rendir cuentas, en cambio, responde a la pregunta: ¿Qué revela esta información sobre mis decisiones y qué voy a hacer diferente? Este es el terreno del dueño.
Y, por si acaso, se les fue mi primera referencia musical (¿ya te regresaste a buscarla?), aquí va otra. Ya lo pasado, pasado, puede ser una frase muy seductora y, en algunas circunstancias, muy sabia. Elegir qué ignoramos y dejamos como parte del ayer resulta muy tentador, sobre todo cuando ese pasado es incómodo o revelador. Pero en los negocios tiene un precio.
La función más valiosa de la contabilidad no es registrar correctamente el pasado. Es impedir que vayamos al futuro con una interpretación errónea de nuestras propias decisiones. Hacemos cuentas del pasado para no mentirnos en el futuro. El Ownership comienza ahí, cuando asumes la responsabilidad de rendir cuentas y permites que las consecuencias de tus decisiones modifiquen el criterio con el que tomarás la siguiente decisión.
La claridad no solo informa. Compromete.
Pregunta de la Semana
¿Hay algo en los números del pasado que te pueda ayudar con tu Ownership del futuro? ¿Qué información te daría mayor claridad para dar el primer paso?
Recursos del Ownership Institute
Ownership Compass™
Tu negocio puede funcionar, pero no para ti. Descubre qué te está limitando y qué necesitas atender primero.


